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lunes, 25 de junio de 2012

Friction Dancing


Pero por el camino una bailarina le cierra el paso y se restriega contra él, empujando la pelvis contra su entrepierna. Bajo la pintura de guerra, la chica tiene un rostro chabacano, casi de payaso, y las capas de base de maquillaje no consiguen ocultar las feas cicatrices de la viruela a la áspera luz de los focos. Una mirada extraviada y una boca torcida y cruel le desafían.
Lennox se queda petrificado, tieso por todas partes menos donde ella querría. Esto es friction dancing. Ella no va a dejar de menearse hasta lograr que se corra. Le invade una explosión de ira.
Esto es cosa de viejos y fracasados, de gilipollas y retrasados.
 Capta la amarga desesperación en la mirada de la chica y se da cuenta de que ahora se ha convertido para ella en un reto personal y que por narices tiene que excitarse y correrse. La única forma que tiene de salvar las apariencias esta bailarina de striptease adicta al crack es obligarle a tomar parte en este circo y dejar que lo transforme en un ser tan desesperado y envilecido como ella. Lennox lo entiende, porque ha tomado parte muchas veces en otras versiones de lo mismo en Edimburgo, durante las salidas exclusivamente masculinas del cuerpo. Capta la inquietud en los rostros de los hombres presentes. Es consciente de que al no entrar en el juego los está poniendo en evidencia por el simple hecho de estar por encima de ellos, y humillando a la mujer al rechazar lo único que tiene para vender, su sexualidad, o al menos esa versión caricaturesca de ella. Se trataba menos de una cuestión de autoestima que de orgullo profesional: era así como se ganaba la vida.
Fragmento de Crimen
(Irvine Welsh) 

martes, 29 de mayo de 2012

La vida es una caja de bombones


Rebecca se mostró veloz y furtiva cuando llevó su mano hacia la caja. Levantó el separador y sacó rápidamente dos trufas de ron de la parte inferior. Se llenó la boca con ellas, a punto de desmayarse por la sensación de empalago, y empezó a masticar furiosamente. 


El truco consistía en consumirlas lo más rápidamente posible; al hacerlo así, tenía la impresión de que podía engañar al cuerpo, camelarlo para asimilar las calorías como un todo compacto, haciéndolas pasar por dos pequeños bocados. Semejante autoengaño resultaba insostenible cuando la infame y dulce ponzoña alcanzaba su estómago. Podía sentir cómo su cuerpo descomponía con agonizante lentitud aquellos repugnantes tóxicos, realizando un meticuloso inventario de las calorías y toxinas presentes antes de distribuirlas entre aquellas partes del cuerpo dónde más daño harían.
Fragmento de Éxtasis
(Irvine Welsh)

miércoles, 11 de abril de 2012

Resaca

 

Hacía una gloriosa tarde de verano cuando salí a la calle. Me encontré con que mis pasos tenían una extraña agilidad. Claro, era jueves. Las drogas del fin de semana habían sido ya total y absolutamente procesadas, las toxinas eliminadas: sudadas, cagadas y meadas; la resaca, finiquitada; el autoaborrecimiento psicológico remitía a medida que la química del cerebro se desjodía a sí misma y la fatiga se hundía en el pasado mientras la vieja bomba de adrenalina volvía a ponerse en marcha lentamente preparándose para el siguiente asalto de excesos.
A esta sensación, cuando se ha superado la resaca depresiva y el cuerpo y la mente empiezan a arrancar de nuevo, sólo la supera el subidón de un buen éxtasis.

Fragmento de Éxtasis
(Irvine Welsh)